Más allá de la conducta: el vínculo como eje clínico en el abordaje del TEA infantil

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En mi experiencia clínica y educativa, he confirmado que la mirada que elegimos como terapeutas marca una diferencia esencial. Al trabajar con el trastorno del espectro autista (TEA), a menudo nos centramos en descripciones y conductas observables. Sin embargo, cuando decidimos ir más allá de lo aparente, el proceso terapéutico adquiere una profundidad transformadora.

A través de un caso clínico, este artículo se propone explorar precisamente lo que se encuentra detrás de la conducta: el universo emocional y la construcción del vínculo. Mi objetivo es compartir un abordaje que no solo busque modificar, sino que reconozca, valide y acompañe la experiencia única de un niño con TEA.
 

¿Por qué ir más allá de la conducta?

Cuando recibimos en consulta a un pequeño con TEA o con otro trastorno del neurodesarrollo, las preguntas más frecuentes de padres y/o cuidadores suelen girar en torno a la conducta: “¿Por qué se porta así?”, “¿Qué le pasa?”, “¿Qué puedo hacer?” Estas inquietudes, legítimas y necesarias, reflejan una mirada centrada en lo observable, en lo que el infante hace.

 


Si nos quedamos solo en lo visible, corremos el riesgo de intervenir sin comprender lo que emocionalmente sostiene a la conducta.


 
Es que, durante años, la práctica clínica y educativa ha priorizado dos pilares:
 

  • observar la conducta y
  • modificar la conducta.

 
En la actualidad, no se trata de abandonar ese análisis conductual, sino de ampliarlo. Toda conducta, desde la más sencilla hasta la más disruptiva, tiene una intención detrás: puede ser emocional, comunicativa o sensorial.

En el caso del TEA, muchas conductas que inquietan tienen como trasfondo una necesidad de protección frente a un entorno vivido como caótico o abrumador. Si no atendemos ese trasfondo, nuestras intervenciones serán parciales y sus efectos, probablemente efímeros.

Ir más allá de la conducta implica reconocer que lo visible (la observación y la modificación) es solo la punta del iceberg. Debajo hay un mundo de significados que merece ser explorado.
 


Cuando leemos la conducta como mensaje, el vínculo terapéutico cobra sentido y la intervención clínica puede realmente transformar.


 

Del “¿qué hace?” al “¿por qué lo hace?”

Observar la conducta es necesario, especialmente en el trabajo clínico con niños con TEA. Saber qué hace el pequeño: si llora, se aísla o se retira del salón, nos permite identificar cómo se expresa una necesidad o una angustia.

Lo que transforma verdaderamente la intervención es preguntarnos por qué lo hace y qué siente cuando lo hace. Esta mirada nos aleja del automatismo de la estrategia y nos acerca al sentido emocional y vincular que sostiene la conducta.

En consulta, cuando los padres y/o cuidadores me preguntan: “¿Qué hago cuando llora?”, suelo responder: “Primero, comprendamos por qué lo hace.”
 


El cambio ocurre cuando cambiamos la pregunta: “¿Cómo hago que se comporte mejor?”, por: “¿Qué siente y por qué necesita expresarse así?”.


 
Este enfoque no descarta la acción, la enriquece. Nos invita a mirar al niño como alguien que siente y significa, no solo como alguien que hace. En el caso clínico que presento, esta perspectiva permitió no solo modificar conductas, sino fortalecer el vínculo y abrir espacio para una comprensión emocional más profunda.
 

Desmontando mitos: el mundo emocional en el TEA

A lo largo de mi práctica clínica, he notado cómo ciertos mitos sobre el autismo siguen condicionando la forma en que interpretamos la conducta y el mundo interno de los niños con TEA.

Estos supuestos no solo distorsionan la comprensión clínica, sino que también afectan la calidad del vínculo terapéutico. Por eso, en este apartado quiero detenerme en tres ideas especialmente persistentes, contrastándolas con la evidencia científica y con lo que observo cada día en consulta.

Mito 1: “Las personas con autismo no sienten emociones”
Falso. La neurociencia afectiva ha demostrado que las personas con TEA pueden experimentar emociones intensas, aunque su procesamiento interoceptivo y su expresión externa sean diferentes. Estudios como los de Bird y Cook (2013) evidencian activación en regiones como la amígdala e ínsula ante estímulos emocionales.
 


Su dificultad no está en “no sentir”, sino en traducir corporalmente la emoción, reconocerla en el otro y responder de forma convencional.


 

Mito 2: “Los niños con TEA no desarrollan apego”
Falso. He acompañado procesos donde el apego seguro se manifiesta en la búsqueda de proximidad, la preferencia por figuras conocidas y la respuesta al consuelo, aunque no siempre se solicite explícitamente.
 


Este mito invisibiliza vínculos profundos que, aunque expresados de forma sutil o desincronizada, son absolutamente reales.


 
Investigaciones como las de Rutgers et al. (2020) y Feldman (2017) lo confirman: el apego en TEA existe, aunque su forma desafíe nuestras expectativas.
 
Mito 3: “Las personas con TEA no disfrutan del contacto social”
Falso. Lo que suele confundirse con indiferencia es, en muchos casos, una respuesta de protección ante un entorno social vivido como caótico o sensorialmente abrumador.
 


El deseo de conexión está presente, pero el camino para concretarlo requiere sortear obstáculos neurosensoriales.


 
Como clínicos, nuestra tarea es facilitar ese tránsito, respetando su singular forma de vincularse y habitando el encuentro desde la empatía.
 

De la desregulación a la conexión: un caso clínico A

Marcos (nombre ficticio) es un infante de 5 años con diagnóstico de TEA nivel 2. La familia llegó a consulta con una sensación persistente de desconexión. Su madre expresaba con desconsuelo que no lograba “conectar” con él, y ambos padres compartían la dificultad de comprender sus necesidades e interactuar de forma fluida. Las conductas disruptivas que Marcos presentaba en distintos contextos generaban un clima familiar de tensión e impotencia.

Desde el inicio, observé un patrón que confirmaba esa angustia: escasa interacción social, evitación de la mirada, juego repetitivo e hipersensibilidad auditiva que detonaba reacciones intensas.
 


Las rabietas y autolesiones aparecían ante la frustración o cambios inesperados.


 

Mi tarea fue descifrar el código emocional detrás de esas conductas. El análisis funcional reveló una hipótesis clara: Marcos recurría a ellas para mantener el control en un entorno que vivía como impredecible y abrumador.

La intervención no se centró en “eliminar” las rabietas, sino en construir condiciones que hicieran innecesario ese recurso. Si los cambios se introducían sin anticipación, Marcos se desregulaba para reducir la incertidumbre. Por eso, el foco estuvo en acompañar desde la sintonía y el respeto, ofreciendo un marco de previsibilidad que favoreciera el vínculo y la regulación emocional.
 


El vínculo no se enseña, se siente. Y cuando se siente, reorganiza el cerebro y el corazón.


 

Estrategias de intervención

A partir de esta comprensión, las estrategias se orientaron a proveer esa predictibilidad y a validar su experiencia emocional:
 

  • Anticipación estructurada: se implementó mediante pictogramas, agendas visuales y avisos previos ante cualquier cambio.

 


El apoyo visual transformaba lo abstracto en concreto, reduciendo la ansiedad y favoreciendo la regulación.


 

  • Lenguaje emocional sencillo: sustituimos expresiones ambiguas como “tranquilo” por frases que nombraban y reflejaban su estado interno: “Te veo asustado por ese ruido”, “Pareces molesto porque tenemos que salir”. Esta práctica le ayudó a identificar sus sensaciones y, sobre todo, a sentirse comprendido.
  • Exposición gradual a la variabilidad: para fomentar su flexibilidad, introdujimos pequeños cambios controlados en sus rutinas, siempre anticipados y con un refuerzo positivo explícito.

 


El énfasis no estaba en el éxito del cambio, sino en elogiar el esfuerzo de adaptación, por mínimo que fuera..


 

  • Acompañamiento corregulador: el rol de los adultos se centró en modelar calma, contención y empatía frente a la desregulación. Respiración pausada, tono bajo y postura relajada funcionaban como anclas frente a su tormenta emocional.
  • Consistencia entre contextos: coordinamos con la familia un lenguaje común y estrategias compartidas, asegurando coherencia entre contextos.

 


La sintonía entre contextos fue clave para generalizar aprendizajes y fortalecer su confianza relacional.


 

Conclusión

A lo largo de este recorrido clínico, he querido mostrar cómo ir más allá de la conducta no implica abandonar lo observable, sino enriquecerlo con una mirada que integre el sentido emocional y relacional de cada expresión. En el caso de Marcos, como en tantos otros, la transformación no vino de controlar lo que hacía, sino de comprender lo que sentía y necesitaba cuando lo hacía.
 


“Desde la óptica científica, nunca debemos perder la mirada humana, sobre todo con las personas que ya vienen con desafíos”.


 
Como profesionales, tenemos la responsabilidad de sostener intervenciones que no solo busquen modificar comportamientos, sino también restaurar vínculos, validar emocionalmente y construir entornos seguros donde el niño pueda habitarse con menos miedo y más conexión. Esto requiere tiempo, escucha y una disposición genuina a leer lo que no siempre se dice con palabras.

Mi invitación es a seguir afinando la sensibilidad clínica para no quedarnos en la forma, sino llegar al fondo. Porque toda conducta tiene una historia, y en esa historia hay un niño que necesita ser comprendido, no solo intervenido.
 

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No te pierdas

Este artículo está basado en la ponencia: “Más allá de la conducta, caso clínico sobre emociones y vínculo en un niño con TEA”, dictada por la psicóloga, Keiko Limache Mendoza, en el marco de las IV Jornadas Internacionales en Neurociencias, dentro del Programa de Actividades del Instituto Raimon Gaja (iRG). Accede al contenido completo aquí (min. 2:02:04):
 

 

Conoce a Keiko Elizabeth Limache Mendoza:

  • Psicóloga.
  • Docente en la Universidad Científica del Sur (Perú).
  • 24 años de experiencia clínica y educativa.
  • Especializada en Neurodesarrollo infantil, Psicología perinatal y Neurodiversidad.
  • Conferencista en temas de salud mental materna, educación, autismo y crianza positiva.

 

Bibliografía:

  • American Psychiatric Association. (2014). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5.ª ed., texto rev.). Editorial Médica Panamericana.
  • Bird, G. y Cook, R. (2013). Mixed emotions: the contribution of alexithymia to the emotional symptoms of autism. [Emociones mixtas: la contribución de la alexitimia a los síntomas emocionales del autismo]. Transl Psychiatry, 3(7):e285.
  • Cascio, M., Weiss, J. y Racine, E. (2021). Cómo lograr una investigación inclusiva sobre el autismo atendiendo a la interseccionalidad: una revisión de la literatura sobre ética de la investigación. Rev J Autism Dev Disord, 8, 22-36.
  • Feldman, R., Magori-Cohen, R., Galili, G., Singer, M. y Louzoun Y. (2011). Mother and infant coordinate heart rhythms through episodes of interaction synchrony. [La madre y el lactante coordinan sus ritmos cardíacos mediante episodios de sincronía interactiva]. Infant Behav Dev, 34(4):569-77.
  • Happé, F. y Frith. U. (2020). Annual Research Review: Looking back to look forward – changes in the concept of autism and implications for future research. [Revisión anual de la investigación: Mirando hacia atrás para mirar hacia adelante: cambios en el concepto de autismo e implicaciones para la investigación futura]. J Child Psychol Psychiatry, 61(3):218-232.
  • Porges, SW (2011). La teoría polivagal: Fundamentos neurofisiológicos de las emociones, el apego, la comunicación y la autorregulación. WW Norton & Company.
  • Rutgers, A., Bakermans-Kranenburg, M., van Ijzendoorn, M. y van Berckelaer-Onnes, I. (2004). Autism and attachment: a meta-analytic review. [Autismo y apego: una revisión metaanalítica]. J Child Psychol Psychiatry, 45(6):1123-34.
Escrito por Keiko Limache, psicóloga

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