Competencia socioemocional en el aula: actividades para trabajar la empatía

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Cuando hablamos de competencia socioemocional en la escuela, a veces suena a algo “extra”, como un añadido bonito si queda tiempo. Mi experiencia es justo la contraria: trabajarla no solo mejora la convivencia, sino que sostiene el aprendizaje académico. Porque cuando un grupo no se siente seguro, hay conflictos o emociones a flor de piel, el aula se convierte en un lugar donde aprender cuesta el doble.

Por eso insisto tanto en este punto: la educación socioemocional aporta beneficios muy concretos para el desarrollo integral del alumnado. Genera un clima positivo, fortalece la autoestima, ayuda a la prevención de conflictos y fomenta la resiliencia, esa capacidad de atravesar dificultades, aprender del error y seguir avanzando. Y, además, nos da herramientas para algo básico: relacionarnos de forma saludable.

A mí me gusta explicarlo con un recurso sencillo que los niños entienden rápido y que, si lo entrenamos, se vuelve hábito: el semáforo emocional.

  • Para.
  • Piensa.
  • Actúa.

 
Parece simple, pero tiene mucha fuerza. Porque les enseña a no irse con el primer impulso, a tomar perspectiva y a elegir una respuesta más ajustada. Y eso sirve para el colegio y para la vida.

Beneficios del uso de metáforas en terapia infantil 

Antes de pedirle a un niño que “se regule” o que “hable mejor”, hay un paso previo que suele olvidarse: identificar. En el aula me ha pasado muchas veces que, cuando pregunto “¿cómo te sientes?”, el alumnado no sabe qué contestar. O confunde emociones (por ejemplo, dice “estoy enfadado” cuando en realidad está triste o asustado).

Aquí me gusta recordar una distinción útil:

  • Emoción: respuesta psicofisiológica automática ante un estímulo.
  • Sentimiento: cuando hago consciente esa emoción y le pongo palabras.

 


Si no hay vocabulario emocional, no hay conversación posible. Y si no hay conversación, casi siempre aparece el conflicto.


 
Por eso, en mis sesiones, el primer objetivo fue muy básico: crear un “diccionario vivo” de emociones. Empezando por las emociones básicas (alegría, tristeza, miedo, ira, asco y sorpresa) y dejando espacio para las secundarias (culpa, vergüenza, orgullo, ansiedad, esperanza…), que dependen más de factores culturales y de contexto.

La sorpresa, por cierto, es una emoción que me interesa especialmente en el aprendizaje. No se trata de “entretener” constantemente, pero sí de entender que un pequeño elemento inesperado puede hacer que el recuerdo se consolide mejor. Lo he visto muchas veces en el aula.
 

¿Por qué las emociones importan tanto en aprender?

Porque influyen de forma directa. Cuando un estudiante está desbordado emocionalmente, su rendimiento cambia. Y esto no es una opinión: la neurociencia lleva tiempo explicándonos que, cuando vivimos una emoción intensa, se activa la amígdala (muy implicada en el procesamiento emocional) y se modula la actividad del hipocampo, clave para la memoria explícita y la consolidación a largo plazo.
 
Dicho de forma sencilla: lo que sentimos afecta a lo que recordamos.

Y aquí conecto con dos referencias que han guiado mi mirada:
 

  • La inteligencia emocional (popularizada por Daniel Goleman en los años 90), entendida como esa capacidad de afrontar la vida de manera saludable, con uno mismo y con los demás.
  • Y la perspectiva de Rafael Bisquerra, que nos ayuda a aterrizarlo en la escuela con una idea central: la competencia emocional es la capacidad de tomar conciencia de las propias emociones, de las de los demás, y de captar el clima emocional del contexto. En otras palabras: yo, los otros y el entorno.

 


Cuando un estudiante está desbordado emocionalmente, su rendimiento cambia.


 

La realidad del aula

Si eres docente esto te sonará: entras por primera vez a un aula y descubres que el día a día no siempre es idílico.

Hay diversidad cultural, ritmos distintos, necesidades educativas variadas. Y, además, algo muy presente: la atención está más frágil, cuesta escuchar, se interrumpe, se pierde el foco. En edades tempranas aparece también el egocentrismo natural (normal, esperable), pero que necesita guía para abrirse al “los demás también cuentan”.

Y luego está lo que nos desmonta la planificación perfecta: los conflictos. ¿Cuántas veces una sesión preparada con cariño se convierte en una hora de mediación porque algo estalló? A mí me ha pasado muchas veces. Y aprendí algo clave: si el conflicto se queda sin resolver, el aprendizaje académico no termina de arrancar.

Así que cambié el enfoque. Me puse metas cortas, realistas, centradas en bienestar y convivencia. Y decidí trabajar una habilidad que, para mí, lo ordena todo: la empatía.
 


Si el conflicto se queda sin resolver, el aprendizaje académico no termina de arrancar.


 

El cuento como palanca


Trabajo en un centro bilingüe y soy profesora de inglés. Y ahí apareció un recurso que me cambió el trimestre: el álbum ilustrado “Flor y Rolf en el círculo polar”, de The Pinker Tones. Es bilingüe (inglés-castellano) y combina texto breve con algo que en el aula tiene un impacto enorme: música.
 
La historia no solo se lee: también se canta. Y eso engancha. El alumnado se aprende canciones, las tararea, las lleva a casa. Las familias me decían: “No para de cantar”. Y yo pensaba: “Perfecto”. Porque cuando entra la emoción (y la música es emoción), entra el aprendizaje.

Pero lo más importante no fue “lo motivador” del cuento. Fue que el relato incluía situaciones de convivencia, un personaje con dificultades para comportarse bien y un contexto ideal para hablar de emociones sin señalar a nadie directamente. Cuando el alumnado se reconoce en un personaje, baja la defensa. Se habla desde la historia, pero en realidad se habla de ellos.
 

Cómo lo apliqué

Organicé el trabajo como una unidad de trimestre, con 2-3 sesiones semanales. No porque sea la única forma, sino porque necesitaba continuidad para que hubiera hábito.

Estas fueron algunas claves prácticas:
 
1. Arranque con inferencias: enseñar la portada y pedirles que dedujeran qué pasará, dónde están y cómo se sienten los personajes.
2. Vocabulario emocional visible: un póster con emojis y nombres de emociones básicas, siempre a la vista.
3. Juegos sencillos online: verdadero/falso, memory, asociación imagen-emoción. Cambiar el canal de entrada ayuda muchísimo.
4. Lectura compartida + conversación: preguntas adaptables (oral, escrita, individual o grupal).
5. Dramatización y role play: representar escenas y cambiar roles para entrenar la toma de perspectiva.
6. Semáforo emocional: “para, piensa y actúa” como herramienta de regulación en situaciones reales.
7. Material accesible (tipo ARASAAC): para trabajar autocontrol con apoyo visual, sin depender solo del lenguaje.
8. Mindfulness breve para escuchar: ejercicios cortos para entrenar atención y escucha activa (sin mística, sin complicaciones).
9. Mentalidad de crecimiento: cuidar expectativas, reforzar esfuerzo y progreso, normalizar el error como aprendizaje.
 
Hubo momentos que no olvido. En sesiones sobre tristeza, un alumno recién llegado de un país con conflictos políticos pudo compartir vivencias duras. Para él fue una liberación. Y para el grupo, una lección real de empatía. No exagero si digo que ese espacio emocional le desbloqueó también académicamente.
 

Evaluar sin examinar

La evaluación fue principalmente formativa: observación sistemática, retroalimentación continua, ajustes sesión a sesión. Y al final propuse algo que me parece precioso y útil: un diario de emociones y aprendizaje que pudiera quedarse en el aula y seguir creciendo durante el curso. Porque esto no debería encerrarse dentro de las paredes del cole.
 


La idea es que el alumnado lleve estas herramientas a casa, al patio, al futuro.


 

Lo que cambió en el grupo

Al principio había etiquetas (“este se porta bien”, “este se porta mal”), poca cohesión y una gestión emocional muy limitada. Poco a poco, con trabajo constante, ocurrió algo muy potente:
 

  • mejoró la escucha,
  • se redujeron los conflictos enquistados,
  • aumentó la empatía real (no la de “decir lo correcto”, sino la de preocuparse por el otro),
  • y se fortaleció el bienestar del grupo.

 


No fue magia, sino estructura, repetición, vínculo y herramientas claras.


 
Y aquí vuelvo a una idea que escuché a Edurne Pasarán: en situaciones extremas, la calidad humana de quienes te rodean lo cambia todo. Ella contaba cómo, en una expedición, su equipo abandonó el material para ayudarla a sobrevivir. Eso no se improvisa. Esa forma de estar con los demás se entrena. Y la escuela es un lugar privilegiado para hacerlo.
 

Para terminar: dos frases que me acompañan

Una es de Nazareth Castellanos, que me hizo pensar mucho: la empatía como un puente invisible que nos conecta y nos transforma. Y la otra es una verdad sencilla que intento transmitir al alumnado sin dramatismos: el bienestar a veces se construye después de la adversidad. No educamos para un mundo de arco iris permanentes. Educamos para un mundo real. Y por eso necesitamos niñas y niños capaces de parar, pensar y actuar con humanidad. Si eres maestro o futura maestra, me gustaría dejarte esto como cierre:
 


Cuando trabajas la competencia socioemocional, no estás “quitando tiempo” a lo académico. Estás creando el suelo para que lo académico pueda crecer.


 
Y ese suelo, casi siempre, empieza por algo tan simple como ponerle nombre a lo que sentimos. Y seguir desde ahí
 

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No te pierdas

Este artículo está basado en la Masterclass: “Puente hacia la empatía: Cómo mejorar la competencia socioemocional del alumnado de Educación Primaria” dictada por la pedagoga y maestra, María Jiménez Solá, dentro del Programa de Actividades del Instituto Raimon Gaja (iRG). Accede al contenido completo aquí:
 

 

Conoce a María Jiménez Solá

  • Pedagoga
  • Maestra con + 20 años experiencia
  • Especialista en lengua inglesa
  • 20.000 horas docencia
  • Amplia trayectoria divulgativa
Escrito por María Jiménez Solá, Pedagoga

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