Un bebé que, al reencontrarse con su madre tras una breve separación, se acerca a ella con la mirada desviada, se queda inmóvil a mitad de camino o busca su contacto y se aparta casi en el mismo gesto. Escenas como estas, observadas en laboratorio desde los años ochenta, dieron nombre a uno de los conceptos más citados, y peor comprendidos, de la psicología del desarrollo: el apego desorganizado.
Hoy el término circula mucho más allá de la investigación. Aparece en redes sociales, en test del tipo «qué tipo de apego tengo» y, a veces, en informes periciales. Para quienes se forman en psicología clínica, entender qué es el apego desorganizado, cómo se relaciona con el trauma y qué no permite concluir es una cuestión de rigor y también de ética profesional.
El apego desorganizado no es una etiqueta diagnóstica: describe lo que ocurre cuando, en una relación concreta, buscar consuelo y sentir alarma se vuelven difíciles de separar.
Qué es el apego desorganizado
El apego desorganizado es un patrón de conducta que se observa en bebés de entre 12 y 20 meses cuando, ante el estrés, no consiguen mantener una estrategia coherente para buscar la proximidad y el consuelo de su cuidador. Mary Main y Judith Solomon lo describieron en 1986 y 1990 a partir de la Situación Extraña, el procedimiento de laboratorio diseñado por Mary Ainsworth para observar cómo reacciona un niño ante dos separaciones breves y el posterior reencuentro con su figura de apego.
La clasificación de Ainsworth distinguía tres patrones organizados: seguro, inseguro-evitativo e inseguro-ambivalente o resistente. Aunque los dos últimos son inseguros, ambos responden a una lógica: reducir o intensificar las señales de malestar para mantener cerca al cuidador. En el apego desorganizado esa lógica se interrumpe. Main y Solomon agruparon las conductas indicativas en siete categorías temáticas, entre ellas:
- conductas contradictorias, simultáneas o en secuencia, como buscar el contacto y evitarlo a la vez;
- movimientos y expresiones interrumpidos, mal dirigidos o incompletos;
- estereotipias, posturas anómalas o movimientos a destiempo;
- congelación, quietud o enlentecimiento de los movimientos;
- señales directas de aprensión hacia el progenitor o de desorientación.
Un matiz decisivo: observar alguna de estas conductas no basta. Según la revisión publicada en 2017 en Attachment & Human Development por Pehr Granqvist y más de cuarenta investigadores, entre ellos la propia Mary Main y Judith Solomon, la clasificación solo procede cuando las conductas alcanzan determinados umbrales de intensidad y la realiza un codificador formado y certificado.
Cómo se origina: la relación entre apego y trauma
La explicación más aceptada es lo que Mary Main y Erik Hesse describieron como un «miedo sin solución»: el niño se encuentra ante una figura que es, al mismo tiempo, su fuente natural de seguridad y una fuente de alarma. El sistema de apego le empuja a acercarse; el miedo, a alejarse. Sin una salida coherente, la estrategia se desorganiza.
La relación entre trauma y apego es aquí especialmente estrecha, aunque no automática. El metaanálisis de van IJzendoorn, Schuengel y Bakermans-Kranenburg (1999), que reunió cerca de 80 estudios con más de 6.000 díadas, estimó que alrededor del 15 % de los bebés de familias de clase media desarrollan conductas de apego desorganizado, y que ese porcentaje puede duplicarse o triplicarse en otros contextos sociales y en grupos clínicos, por ejemplo cuando hay maltrato.
Sin embargo, el maltrato no es la única vía. La revisión de 2017 subraya que una parte importante de los niños maltratados no muestra apego desorganizado y que muchos niños con este patrón no han sufrido malos tratos. Otra vía frecuente pasa por la historia del propio cuidador: madres y padres con pérdidas o traumas no resueltos pueden mostrar, sin pretenderlo, conductas sutilmente atemorizantes, atemorizadas o disociativas en la interacción con el bebé. Un metaanálisis posterior de Cyr y colaboradores (2010) encontró, además, que la acumulación de varios riesgos socioeconómicos se asocia a niveles de desorganización comparables a los observados en situaciones de maltrato.
Lo que el apego desorganizado no es
Precisamente porque el concepto se ha popularizado, la revisión de Granqvist y colaboradores dedica buena parte de su análisis a desmontar cuatro supuestos erróneos que considera extendidos en la práctica clínica y en los servicios de protección a la infancia:
- No es una prueba de maltrato. La clasificación no sirve para cribar ni para demostrar malos tratos.
- No es un diagnóstico clínico individual. No debe confundirse con el trastorno de apego reactivo ni con el trastorno de relación social desinhibida, los dos cuadros relacionados con el apego que recogen el DSM y la CIE para niños criados en condiciones de negligencia grave.
- No predice de forma determinista la psicopatología. Se asocia a un mayor riesgo de dificultades en la gestión del estrés, problemas de conducta externalizante y tendencia a conductas disociativas más adelante, pero no las causa de manera inevitable.
- No es un rasgo fijo del niño. Es específico de cada relación (un niño puede mostrar apego desorganizado con un progenitor y apego seguro con el otro) y su estabilidad en el tiempo es solo modesta.
Para el profesional, la consecuencia es clara: hablar de apego desorganizado exige prudencia, evaluación con procedimientos validados y una lectura contextual de la relación, nunca una etiqueta aplicada a partir de unas pocas conductas observadas.
Apego desorganizado en adultos: un terreno que pide matices
Muchas búsquedas sobre apego desorganizado se refieren a la vida adulta y a la pareja. Conviene distinguir dos tradiciones de investigación. En la psicología evolutiva, el equivalente adulto más cercano procede de la Entrevista de Apego Adulto (AAI), que identifica estados mentales «no resueltos» respecto a pérdidas o traumas: el discurso se vuelve desorientado o pierde coherencia al hablar de esas experiencias. En la psicología social, en cambio, los cuestionarios de autoinforme hablan de estilos como el «temeroso» o ansioso-evitativo.
La revisión de 2017 advierte que todavía hay poca evidencia de que ambas medidas se refieran al mismo fenómeno, aunque compartan vocabulario. Un test en línea no permite saber si alguien «tiene apego desorganizado». En consulta, lo relevante no es la etiqueta, sino cómo se manifiestan la dificultad para confiar, el miedo en la intimidad o la dificultad para integrar experiencias traumáticas.
Cómo se aborda en psicoterapia
El mensaje más esperanzador de la investigación es que la desorganización puede cambiar cuando cambia el contexto relacional. La revisión de Granqvist y colaboradores destaca intervenciones breves y basadas en la evidencia, centradas en la sensibilidad del cuidador:
- Attachment and Biobehavioral Catch-up (ABC): programa manualizado de diez sesiones en el domicilio, dirigido a cuidadores con un riesgo muy alto de maltrato o negligencia, cuyos ensayos aleatorizados han mostrado reducciones sustanciales de las tasas de apego desorganizado.
- VIPP-SD (Video-feedback Intervention to promote Positive Parenting and Sensitive Discipline): intervención breve, normalmente de seis sesiones, que integra la teoría del apego y la del aprendizaje social y utiliza vídeos de interacciones cotidianas para reforzar la sensibilidad parental.
En la clínica con adultos, el trabajo suele combinar la elaboración del trauma con la reparación de la experiencia relacional. Sin que exista un protocolo único, distintos enfoques comparten algunos principios:
- construir una relación terapéutica predecible y segura, que funcione como base desde la que explorar experiencias dolorosas;
- estabilizar y ampliar la capacidad de regulación emocional antes de abordar recuerdos traumáticos;
- trabajar la mentalización, es decir, la capacidad de comprender los estados mentales propios y ajenos;
- atender a las pérdidas y traumas no resueltos, especialmente cuando la persona es madre o padre.
Si quieres profundizar en cómo acompañar estos procesos, en nuestro artículo sobre el acompañamiento terapéutico del trauma repasamos claves para trabajarlo en consulta desde la formación clínica.
Por qué importa en la formación clínica
El apego desorganizado ilustra bien una tensión habitual en psicología: un concepto con una base empírica sólida puede convertirse en un cliché cuando se separa de su método. Para quien se forma como psicoterapeuta, dominarlo implica conocer su origen en la investigación evolutiva, sus vínculos con el trauma y la disociación, los límites de su uso y las intervenciones que han demostrado reducirlo.
Ese conocimiento resulta especialmente útil en la práctica con infancia y familias, un ámbito que se trabaja en profundidad en el Máster Universitario Oficial en Psicología Clínica Infantojuvenil, y en la psicoterapia del trauma, eje del Máster en Psicoterapia Centrada en Trauma y Apego de iRG.





