Psicología clínica y salud mental

Psicología en tiempos virales: por qué la evidencia importa más cuando todo parece verdad

No todo lo que se repite es cierto: por qué la evidencia sigue siendo esencial en psicología.

Psicología en tiempos virales: por qué la evidencia importa más cuando todo parece verdad

En una época saturada de mensajes, técnicas rápidas y certezas repetidas, la práctica clínica se enfrenta a una exigencia incómoda: distinguir entre lo que circula, lo que convence y lo que realmente ayuda.

Cuando repetir empieza a parecer demostrar

Vivimos un momento particular en relación con la información. No solo por la cantidad de cosas que circulan cada día, sino por la rapidez con la que empiezan a instalarse como ciertas. En redes sociales aparecen constantemente mensajes, consejos y explicaciones nuevas sobre salud mental, bienestar, trauma o crecimiento personal. Muchas veces vienen en formatos breves, fáciles de compartir, emocionalmente potentes y con una apariencia de autoridad que no siempre corresponde con un sustento real.

Ese es uno de los puntos críticos de nuestro tiempo: hoy no siempre creemos algo porque esté bien demostrado, sino porque lo hemos visto muchas veces, porque lo repiten distintas personas o porque termina sonándonos familiar. Y cuando eso ocurre con contenidos vinculados a la psicología, ya no estamos solo ante un problema de comunicación. Estamos ante una cuestión que puede afectar directamente a la práctica clínica.

El punto incómodo

Aquí aparece una idea incómoda: los psicólogos tampoco somos inmunes a este fenómeno. También consumimos contenido. También estamos expuestos a tendencias, a discursos que se ponen de moda, a figuras públicas o profesionales con gran capacidad de influencia. Y también podemos vernos permeados por mensajes que, de tanto repetirse, empiezan a parecer sólidos, aunque no lo sean del todo.

Por eso la pregunta no es solo qué consume la gente en general. La pregunta también es qué consumimos nosotros, cómo lo evaluamos y hasta qué punto eso que consumimos termina entrando en lo que ofrecemos como parte de nuestro trabajo clínico. Porque una cosa es escuchar una idea, y otra muy distinta incorporarla a una intervención o a una manera de entender el sufrimiento de una persona.

En todos nuestros contextos culturales hay creencias, prácticas y formas de hablar que se transmiten y se replican. Algunas acaban instalándose como “verdades” simplemente porque se han repetido mucho, no porque hayan sido contrastadas. Sabemos que eso ocurre a nivel psicológico: la repetición tiene efectos. Lo familiar empieza a sentirse verdadero. Y ese mecanismo, amplificado por redes sociales y plataformas de gran alcance, tiene hoy un peso enorme.

Lo hemos visto en distintos temas de salud y también en el terreno psicológico. Circulan afirmaciones, consejos y explicaciones dichas “desde la psicología” que muchas personas reproducen sin verificar demasiado. A veces no son afirmaciones completamente falsas; a veces son simplificaciones, medias verdades o ideas sacadas de contexto. Pero el efecto puede ser parecido: algo empieza a funcionar como verdad sin haber pasado por un examen suficiente.

Una técnica no es todavía una intervención

Ese mismo problema puede aparecer dentro de la práctica clínica cuando empezamos a usar recursos sin preguntarnos con suficiente rigor para qué los usamos. A veces se replican técnicas, ejercicios o formas de intervenir porque “se usan”, porque “funcionan”, porque forman parte del repertorio habitual. Pero ahí conviene detenerse. En clínica no basta con hacer algo por hacerlo. No basta con repetir una herramienta porque suena bien o porque resulta atractiva.

Un ejemplo muy claro es el de la metáfora. A veces la pregunta gira en torno a cuál metáfora usar, como si el valor estuviera en la metáfora en sí misma. Pero la cuestión de fondo no es esa. La pregunta tendría que ser: ¿por qué esta metáfora?, ¿qué función cumple?, ¿hacia dónde quiero llevar a la persona con ella?, ¿qué espero que derive de ese proceso? La metáfora es un medio, no un fin. Y eso vale no solo para las metáforas, sino para cualquier técnica clínica.

Lo que significa trabajar con evidencia

Ahí se vuelve especialmente importante hablar de terapias basadas en evidencia. No como una consigna vacía ni como un distintivo de prestigio, sino como una forma responsable de pensar la práctica. Cuando hablamos de una intervención basada en evidencia, hablamos de procedimientos, objetivos y mecanismos de cambio sustentados en investigación empírica sistemática, evaluada críticamente y replicada, e integrados con el juicio clínico y con las características del paciente.

Dicho de forma más simple: no basta con intervenir. Tenemos que saber qué estamos haciendo, por qué lo estamos haciendo, qué objetivo perseguimos y qué respaldo tiene ese camino. En psicología no podemos depender del azar. No podemos garantizar resultados, pero sí debemos procurar que nuestras acciones estén apoyadas en el mejor conocimiento disponible y orientadas a minimizar el riesgo de daño.

Eso exige varias cosas al mismo tiempo:

  • procedimientos claros, aunque no rígidos. Exige objetivos definidos, aunque se ajusten a cada caso,
  • mirar el sustento empírico de lo que hacemos, revisar si los resultados pueden replicarse y preguntarnos si una intervención mantiene su utilidad en distintos contextos y poblaciones, y, además, algo que a veces olvidamos:
  • evaluar sistemáticamente los resultados.

Porque si alguien dice sentirse mejor, eso importa, desde luego. Pero la práctica basada en evidencia nos pide ir más allá del alivio subjetivo como única medida y que no nos quedemos solo con lo que confirma nuestras intuiciones. Nos pide seguimiento, instrumentos confiables cuando corresponda, evaluación multifuente y revisión del proceso.

Rigor no es rigidez

Aquí aparece otro punto delicado: el sesgo de confirmación. La tendencia a buscar, valorar o recordar aquello que encaja con lo que ya creemos. En clínica ese sesgo puede ser especialmente peligroso, porque puede llevarnos a acomodar la realidad del paciente a nuestro marco favorito. Por eso resulta importante no leer solo aquello que respalda nuestros enfoques, sino también las críticas, los límites y las preguntas pendientes.

A veces las críticas son precisamente lo que permite que el conocimiento avance.

Ahora bien, defender una práctica basada en evidencia no significa defender una práctica rígida. Y esta distinción importa mucho. Una cosa es el rigor científico y otra muy distinta la rigidez científica. Ser rigurosos no implica volvernos fríos, mecánicos o inflexibles, ni tratar al paciente como un protocolo ambulante. Implica tener un norte, una estructura, un criterio, y al mismo tiempo conservar la sensibilidad necesaria para encontrarnos con la experiencia concreta de la persona que tenemos delante.

Lo humano no queda fuera

De hecho, una de las discusiones más importantes en psicoterapia tiene que ver justamente con eso: cómo conciliar lo científico y lo humano. Y quizá el problema nunca fue la ciencia en sí, sino una manera empobrecida de entenderla. Porque muchas de las propuestas actuales vinculadas a terapias basadas en evidencia, como ACT, mindfulness, DBT o FAP, no solo se apoyan en conocimiento científico, sino que ponen en el centro la experiencia del paciente, la validación, el contexto, la escucha y el vínculo terapéutico.

La invitación, entonces, no es a elegir entre ciencia y humanidad. Es a no separar artificialmente cosas que deberían ir juntas. En consulta seguimos necesitando sentarnos como humanos frente a otro humano. Escuchar de verdad. Validar. Comprender en contexto. Reconocer esfuerzos. Acompañar a alguien que se abre ante nosotros esperando ayuda. Pero justamente por eso necesitamos también análisis, criterio y responsabilidad. No para enfriar el encuentro terapéutico, sino para sostenerlo mejor.

El fondo del debate

Porque intervenir en psicología es intervenir en una vida. Y ahí el fondo del debate es ético. Por eso no debemos trabajar desde intuiciones no contrastadas o aplicar un recurso porque está de moda. La ética profesional exige algo más serio: revisar, contrastar, evaluar y asumir que nuestras decisiones clínicas tienen consecuencias.

Tal vez por eso conviene decirlo con claridad: una psicología basada en evidencia no es menos humana. Puede ser, de hecho, una forma más profunda de cuidado. No porque lo reduzca todo a datos, sino porque intenta responder con responsabilidad a necesidades reales, a contextos concretos y a procesos humanos complejos. En un tiempo en el que tantas cosas parecen verdaderas solo porque circulan bien, sostener ese compromiso ya no es una opción secundaria. Es parte central de nuestro oficio.

Este artículo se basa en…

Este artículo está basado en una parte de la ponencia “Psicoterapia basada en la Evidencia”, dictada por el psicólogo Diego Francisco Castañeda Cordero, durante las V Jornadas Internacionales de Psicología Clínica de iRG).

Puedes acceder al contenido completo en el siguiente enlace, a partir del minuto 2:57:00


Diego Francisco Castañeda

Escrito por

Diego Francisco Castañeda

profesor asistencial e investigador Universidad Cooperativa de Colombia

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