Psicología clínica y salud mental

De la experiencia de violencia a la reconstrucción personal: claves de un programa terapéutico grupal para mujeres

La terapia grupal puede convertirse en un espacio donde mujeres que han vivido violencia recuperan apoyo, autonomía y una nueva mirada sobre su futuro.

De la experiencia de violencia a la reconstrucción personal: claves de un programa terapéutico grupal para mujeres

La violencia contra las mujeres continúa siendo uno de los problemas sociales y de salud pública más extendidos a nivel mundial. Más allá de la protección inmediata frente a situaciones de riesgo, muchas mujeres necesitan procesos psicológicos que les permitan comprender lo vivido, recuperar la confianza en sí mismas y reconstruir un proyecto de vida propio.

En este contexto, el trabajo terapéutico grupal puede convertirse en un espacio especialmente valioso. Compartir experiencias con otras mujeres que han atravesado situaciones similares facilita procesos de identificación, apoyo mutuo y resignificación de la propia historia.

La experiencia que se presenta en este artículo surge del trabajo con grupos de mujeres expuestas a diferentes formas de violencia en un contexto latinoamericano. A partir de la práctica clínica y de la observación de las necesidades reales de las participantes, se desarrolló un programa de intervención grupal estructurado en ocho sesiones. Su objetivo principal no era únicamente abordar el daño sufrido, sino también favorecer el fortalecimiento personal, la recuperación de la autonomía emocional y la construcción de nuevas perspectivas de vida.

Uno de los cambios conceptuales más significativos del programa fue abandonar la denominación inicial de ‘psicoterapia grupal para mujeres víctimas de violencia intrafamiliar’. Con el tiempo se observó que el término ‘víctimas’, aunque describía la situación vivida, podía reforzar una identidad centrada exclusivamente en el daño sufrido. Por esta razón, se optó por hablar de ‘mujeres expuestas a experiencias de violencia’, una formulación que permite reconocer el impacto de la violencia sin fijar a la persona en un rol permanente de victimización.

Este cambio de enfoque no es únicamente terminológico. Desde el punto de vista clínico, supone favorecer una narrativa de recuperación en la que las mujeres puedan reconocerse no solo como personas que han sufrido violencia, sino también como protagonistas de un proceso de transformación personal.

Un programa adaptado a la realidad de las participantes

Antes de diseñar el programa se revisaron distintos modelos de intervención grupal. Sin embargo, la experiencia profesional y las características de la población atendida (principalmente mujeres rurales y urbanas con bajo nivel de escolaridad) hicieron necesario crear una propuesta propia, más sencilla, cercana y adaptada a la realidad social de las participantes.

El programa integró aportes conceptuales de diferentes autores, entre ellos Viktor Frankl, Fred Luskin, Walter Riso y Tal Ben-Shahar, combinando elementos de psicología existencial, psicología positiva y estrategias orientadas al fortalecimiento personal. Más allá de un modelo teórico único, la intervención se construyó a partir de la práctica clínica y de la observación directa de los procesos de cambio que las propias mujeres experimentaban en el grupo.

Cada sesión tenía una duración aproximada de dos horas y media. El diseño buscaba que cada encuentro tuviera valor por sí mismo, de modo que, aunque una participante no pudiera asistir a todas las sesiones, pudiera llevarse aprendizajes significativos de cada una de ellas.

Tres momentos terapéuticos en ocho sesiones

El programa se organizó en tres grandes momentos terapéuticos orientados a favorecer un proceso progresivo de toma de conciencia, elaboración emocional y reconstrucción personal.

Primer momento: tomar conciencia de la situación

Las tres primeras sesiones se centraban en ayudar a las participantes a reflexionar sobre su situación personal y sobre el contexto de violencia vivido.

En la primera sesión se trabajaba la posibilidad de transformar experiencias negativas en oportunidades de aprendizaje y cambio. El objetivo era ampliar la mirada y abrir la posibilidad de que, incluso a partir de experiencias difíciles, se pudieran iniciar procesos de crecimiento personal.

La segunda sesión se centraba en el autoconocimiento y en la importancia de establecer límites. En este espacio se generaban condiciones para que las participantes se conocieran entre sí y comenzaran a compartir sus experiencias. Para muchas mujeres era la primera vez que podían expresar lo vivido en un entorno de escucha y respeto. Una idea que aparecía con frecuencia era el descubrimiento de que no estaban solas en su experiencia.

La tercera sesión abordaba directamente el concepto de violencia. Se trabajaban los distintos tipos de violencia intrafamiliar y se analizaban situaciones concretas que las mujeres habían vivido. Este reconocimiento permitía dar un paso importante en el proceso de recuperación, ya que muchas participantes no habían identificado previamente algunas de las formas de violencia a las que habían estado expuestas.

Segundo momento: comprender y procesar la experiencia

La cuarta sesión introducía el tema de la dependencia emocional. Se trabajaban los conceptos de dependencia, codependencia e independencia emocional, ayudando a las participantes a identificar en qué tipo de dinámicas relacionales se encontraban. El objetivo no era culpabilizar, sino favorecer la comprensión de los patrones relacionales y abrir la posibilidad de construir relaciones más equilibradas.

Las sesiones quinta y sexta se centraban en el trabajo terapéutico sobre el perdón, inspiradas en el enfoque desarrollado por Fred Luskin en el libro Perdonar y sanar. En este contexto, el perdón se planteaba como un proceso de liberación emocional que permite a la persona dejar de quedar atrapada en el pasado.

Se trabajaron tres dimensiones del perdón:

  • Perdonarse a una misma, reconociendo que en muchos momentos no se contaba con los recursos o el conocimiento necesario para actuar de otra manera.
  • Perdonar al agresor, no para justificar la violencia ni para restablecer la relación, sino como un proceso interno de liberación emocional.
  • Pedir perdón, cuando la persona reconoce que también pudo haber tenido comportamientos dañinos en determinadas situaciones.

Este trabajo se realizaba a través de ejercicios reflexivos y visualizaciones, sin que implicara necesariamente un contacto directo con las personas implicadas.

Tercer momento: crear nuevas historias de vida

Las dos últimas sesiones se orientaban a fortalecer una nueva mirada sobre la propia vida.

En la séptima sesión se abordaba el concepto de felicidad desde una perspectiva realista y accesible. Se trabajaba la idea de que la felicidad no depende únicamente de grandes logros o condiciones externas, sino también de la capacidad de valorar pequeñas experiencias cotidianas de bienestar.

La octava sesión se dedicaba al proyecto de vida. Las participantes eran invitadas a reflexionar sobre qué querían para su futuro y qué pasos podían comenzar a dar para acercarse a esos objetivos.

Para muchas mujeres resultaba especialmente significativo descubrir que podían tomar decisiones sobre su propia vida sin depender necesariamente de la aprobación de otras personas.

El valor terapéutico del grupo

Más allá del contenido de las sesiones, uno de los elementos más valiosos del programa fue la dinámica grupal que se generaba entre las participantes.

El grupo se convertía en un espacio de apoyo mutuo donde las mujeres podían compartir experiencias, acompañarse emocionalmente y reconocer las fortalezas de otras compañeras. En algunos casos, mujeres que no sabían leer o escribir recibían ayuda de otras para completar los ejercicios de reflexión o las evaluaciones finales.

Una dinámica significativa era que cada grupo elegía su propio nombre. Con frecuencia, esos nombres reflejaban cualidades que las participantes querían desarrollar: “Mujeres de fe y valor”, “Mujeres guerreras y valientes” o “Mujeres floreciendo al amor propio”. Este gesto simbólico contribuía a reforzar el sentido de identidad y pertenencia.

Ritual de cierre y reconocimiento del proceso

Al finalizar el programa se realizaba una evaluación sencilla del proceso y se entregaba a cada participante un diploma. Para muchas de ellas, que nunca habían tenido la oportunidad de completar estudios formales, recibir ese diploma representaba un reconocimiento significativo de su esfuerzo y de su proceso de crecimiento personal.

En ocasiones, el cierre del grupo se convertía en una pequeña celebración. Algunas mujeres compartían comida o preparaban actividades simbólicas. En un caso especialmente recordado:

Una participante expresó que nunca había celebrado sus quince años; el grupo decidió recrear simbólicamente esa celebración como una forma de reconocer su historia y su valor personal.

Resultados observados

A lo largo de las diferentes ediciones del programa, muchas participantes expresaron cambios positivos en distintos aspectos de su vida personal. Entre los cambios más frecuentes se encontraban una mayor aceptación personal, aumento de la confianza en sí mismas, mayor capacidad para perdonar situaciones del pasado y una visión más esperanzadora del futuro.

Asimismo, la participación en el grupo favorecía la creación de redes de apoyo entre las mujeres, fortaleciendo la sensación de acompañamiento y solidaridad.

Aprendizajes para la práctica clínica

Aunque este programa fue desarrollado en un contexto sociocultural específico de El Salvador, varios de sus elementos pueden resultar inspiradores para profesionales que trabajan con mujeres expuestas a violencia en cualquier parte del mundo.

Entre ellos destacan la importancia del lenguaje en la construcción de la identidad personal, el valor del apoyo entre iguales en los procesos de recuperación y la necesidad de acompañar no solo el abordaje del daño sufrido, sino también la reconstrucción de proyectos de vida.

Conviene insistir en que, en estos procesos, el terapeuta no solo actúa como profesional, sino también como acompañante: un ser humano que confía en el potencial de los otros para sanar.

La experiencia muestra que, cuando se generan espacios seguros de escucha, comprensión y acompañamiento, muchas mujeres encuentran recursos internos y colectivos que les permiten iniciar procesos significativos de transformación personal.

Este artículo se basa en…

Este artículo se basa en la conferencia “Experiencia con grupos de mujeres expuestas a violencia de diferentes tipologías”, impartida por Jacqueline M. López Aguilar, dentro de las V Jornadas Internacionales de Psicología Clínica del Instituto Raimon Gaja (iRG).

Puedes acceder al contenido completo en el siguiente enlace a partir del minuto 2:57:30


Jacquelin M. López Aguilar

Escrito por

Jacquelin M. López Aguilar

Asociación de Psicólogos Jurídicos de El Salvador

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